El fútbol ha dejado de ser el deporte rey para convertirse, en demasiadas ocasiones, en el rey del resentimiento. Lo vivido recientemente es la prueba irrefutable de una enfermedad crónica: hubo más ruido, más fiesta y más desahogo celebrando la eliminación de Cristiano Ronaldo que festejando la clasificación de España.
Es una auténtica locura; una desconexión total con la esencia del juego. Quienes gastan su energía en brindar por la caída de un titán, en lugar de abrazar el éxito de su propio equipo, se delatan a sí mismos: no tienen la más remota idea de lo que significa el deporte.
La anomalía del fútbol: El odio como motor
En ninguna otra disciplina se persigue la jubilación de sus leyendas con tanta saña. El odio que se respira en las gradas y en las redes hacia una figura monumental como Cristiano Ronaldo es algo visceral, casi patológico. Ver a miles de personas regocijarse porque un tipo que cambió la historia de este juego disputó su último Mundial es, sencillamente, lamentable. Tienen prisa por retirarlo; prisa por enterrarlo deportivamente.
Esta toxicidad es un virus exclusivo del balompié. Si cruzamos el charco por un segundo, vemos cómo se despiden los grandes en otras latitudes:
- Derek Jeter (2014): El eterno capitán de los Yankees de Nueva York pasó sus últimos ocho años de carrera sin oler un anillo de Serie Mundial. ¿Cómo lo despidió el béisbol? Con ovaciones de pie en cada estadio rival, incluida la casa de sus archienemigos, los Red Sox de Boston. Respeto puro.
- Kobe Bryant (2016): Sus últimos seis años en la NBA estuvieron lejos de la gloria, mermado por las lesiones. Sin embargo, su última temporada fue una gira de homenajes. Cada pabellón de Estados Unidos se ponía en pie para disfrutar de cada tiro, de cada genialidad, conscientes de que se apagaba una estrella.
- Charles Barkley: Jugó 16 temporadas en la NBA y jamás ganó un anillo. ¿Alguien se atrevió a llamarlo «fracasado»? Jamás. El fanático del baloncesto disfrutaba de su juego en cada pista que pisaba.
En el deporte estadounidense se entiende que la grandeza de un rival enaltece a la propia liga. En el fútbol, en cambio, la grandeza del rival se percibe como una ofensa personal que debe ser destruida.
La guerra civil: «Messilovers» vs. «Bicholovers»
Si tuviéramos que buscar el paciente cero de esta epidemia, lo encontramos en la última década y media. La trinchera digital entre los «Messilovers» y los «Bicholovers» es, sin lugar a dudas, lo más dañino que se ha gestado en la historia del fútbol.
Estamos ante una lástima generacional. En lugar de dar gracias al cielo por haber sido testigos de la era más competitiva y brillante de la historia —donde dos extraterrestres se obligaron mutuamente a ser perfectos durante 15 años—, el público eligió el canibalismo. Pasaron de disfrutar del arte a desear la fractura, el declive y el ridículo del otro. Si gana Messi, el «Bicholover» sufre; si gana Cristiano, el «Messilover» sangra.
El deporte nació para canalizar la competencia, buscar la excelencia y unir a través de la admiración. El odio no tiene cabida aquí. El que odia a Cristiano o a Messi no ama el fútbol; solo ama su propio egoísmo disfrazado de camiseta.
El pitido final
El fútbol tiene la afición más pasional del mundo, sí, pero también la más ciega. Hemos normalizado que el éxito se mida en la desgracia del vecino. Cuando un deporte prefiere ver llorar a una leyenda que ver reír a sus propios jugadores, es que ha perdido el norte.
Abran los ojos: a Cristiano Ronaldo, a Messi y a los pocos gigantes que nos quedan, se les respeta, se les aplaude y se les disfruta. Porque el día que se vayan del todo, las luces del estadio se apagarán para todos. Lo único que quedará en la grada será el eco vacío de un odio que nunca sirvió para nada.

