Hay insultos que dicen más de quien los grita que de quien los recibe. El «balón de playa» es uno de ellos. El término surgió hace un par de años para atacar a Vinícius Júnior después de la gala de 2024, aquella que buena parte del madridismo todavía recuerda como el mayor robo de la historia del premio, cuando Rodri se quedó con el Balón de Oro y el brasileño fue segundo. Casualmente, el apodo desapareció en 2025. Y ahora reaparece en 2026 porque Kylian Mbappé acaba de terminar segundo en la votación, detrás de Harry Kane.
Conviene detenerse en lo obvio: ¿desde cuándo ser el segundo mejor futbolista del planeta en una temporada es motivo de burla? Quedar segundo en el Balón de Oro significa que, entre miles de profesionales en todo el mundo, un solo ser humano tuvo un año ligeramente mejor que el tuyo, en goles, en títulos o en ambas cosas. Eso es lo que el apodo pretende convertir en fracaso.
La historia, además, desmonta el insulto en dos datos. Cristiano Ronaldo quedó seis veces en el segundo puesto del Balón de Oro —sumó 12 podios: cinco triunfos, seis segundos lugares y un tercero— y nadie le llamó balón de playa. Lionel Messi fue segundo en cinco ocasiones, todas ellas detrás de Cristiano, y a nadie se le ocurrió llamarle balón de playa tampoco. Si el criterio de hoy se aplicara ayer, los dos jugadores más grandes de la era moderna serían, también, dos «balones de playa».
Y no son los únicos. Como recuerda el creador Juan Carlos Gallardo en el video que encendió el debate, futbolistas como Franz Beckenbauer, Karl-Heinz Rummenigge, Bobby Charlton, Eusebio o Thierry Henry también conocieron el segundo puesto en la votación sin que nadie los rebajara a juguete de verano. Más elocuente todavía es la lista contraria: Andrea Pirlo, Didier Drogba, Francesco Totti, Arjen Robben, Gareth Bale y Wayne Rooney, algunos de los mejores futbolistas de las últimas décadas, jamás llegaron a pisar el podio del Balón de Oro, ni siquiera como terceros. Pretender usar el segundo lugar como insulto invierte por completo la escala de dificultad del premio.
Porque estar ahí arriba es, históricamente, una rareza. El podio de una temporada lo ocupan tres nombres entre todos los profesionales del planeta. Llamar «balón de playa» al subcampeón no demuestra conocimiento de esa dificultad: demuestra, como apunta Gallardo, una envidia y un resentimiento que prefieren infravalorar la excelencia con tal de desacreditar a un jugador concreto. El apodo, curiosamente, solo aparece cuando el segundo viste de blanco.
La conclusión se escribe sola: si quedar segundo tras competir contra la élite absoluta convierte a un futbolista en balón de playa, entonces el 99.9 por ciento de las leyendas que han pisado una cancha no servirían ni para jugar en la calle. Es hora de dejar el fanatismo tóxico y aprender a valorar la grandeza cuando la tenemos enfrente, aunque venga con el escudo equivocado.
